perdona

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Perdona. Perdona por haberme aferrado a la idea de que un “nosotros” tenía que ser sí o sí. Perdona por haber creído firmemente en la idea de que un “para siempre” podía ser nuestro apellido y perdona, sobre todo, por no haberlo podido cumplir. Ayer vivía en un presente libre de pasado. Hoy vivo en un futuro muy distinto al que planeé. Un futuro en el que, de repente, no cabe tu nombre. Un futuro en el que muy lejos de coincidir con los sueños que tenía, me zarandea para que me ponga de nuevo en la posición de salida. Aquel en el que arrastrando lo que he aprendido, me permita reencontrarme con él. Con esa parte que perdí: Yo. El mismo que, a fuerza de quererte tanto, fue olvidándose de las reglas del juego. Aquellas en las que dabas para recibir y apostabas para ganar. Las reglas en las que invertías todo lo que tenías porque, creías, el riesgo de perderlo todo no entraba dentro de las posibilidades. Aquellas en las que endeudarte y que embargaran una parte de lo que eras no tenía lugar entre las alternativas. Lo aposté todo. Puse todo lo que tenía en tus manos. Puse en ellas mis sueños contigo, un futuro a tu lado y el compromiso más importante de todos: un lucharé hasta el final. Un final que, por suerte o por desgracia, ha llegado para deshacer las expectativas que ya no estábamos cumpliendo. Porque no, ya no llegábamos a la altura de

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una carta al amor de mi vida

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Page 1: Perdona

Perdona.

Perdona por haberme aferrado a la idea de que un “nosotros” tenía que ser sí o

sí. Perdona por haber creído firmemente en la idea de que un “para siempre” podía

ser nuestro apellido y perdona, sobre todo, por no haberlo podido cumplir.

Ayer vivía en un presente libre de pasado. Hoy vivo en un futuro muy distinto al

que planeé. Un futuro en el que, de repente, no cabe tu nombre. Un futuro en el que

muy lejos de coincidir con los sueños que tenía, me zarandea para que me ponga de

nuevo en la posición de salida. Aquel en el que arrastrando lo que he aprendido, me

permita reencontrarme con él.

Con esa parte que perdí:

Yo.

El mismo que, a fuerza de quererte tanto, fue olvidándose de las reglas del juego.

Aquellas en las que dabas para recibir y apostabas para ganar. Las reglas en las que

invertías todo lo que tenías porque, creías, el riesgo de perderlo todo no entraba

dentro de las posibilidades. Aquellas en las que endeudarte y que embargaran una

parte de lo que eras no tenía lugar entre las alternativas.

Lo aposté todo. 

Puse todo lo que tenía en tus manos. Puse en ellas mis sueños contigo, un futuro a

tu lado y el compromiso más importante de todos: un lucharé hasta el final. Un final

que, por suerte o por desgracia, ha llegado para deshacer las expectativas que ya no

estábamos cumpliendo. Porque no, ya no llegábamos a la altura de lo que un día

fuimos, ni a la altura de lo que los dos nos merecíamos que fuera.

Lo siento.

Page 2: Perdona

Siento sentir aún tu último abrazo. Siento soñarte sin querer, despertarme con la

respiración entrecortada, que se me desgarre el alma y que cada uno de tus

recuerdos me arañe el corazón. Porque sí, ya me llegas en color sepia, difuminado en

nitidez y provocándome suspiros cargados de algo muy diferente a lo que alimentaba

los primeros que escuchabas cerca de tu oído.

Pena.

La de que no haya podido ser. La de que nos mereciéramos algo mejor. La de que la

felicidad no casara con nosotros y la de que todas nuestras virtudes no fueran

suficientes para compensar lo que nos estaba pesando mucho más.

Lo que no éramos.

Y ahora, y comenzando a ser consciente de la suerte que he tenido de que

aparecieras en mi vida, lloro cada recuerdo mientras me despido de ellos

diciéndoles “me alegro de haberlos vivido”. Porque sí, he tenido suerte. Suerte de

haberlos coleccionado a tu lado. Suerte de haberlos sentido e, incluso, suerte de que

a día de hoy puedan formar parte de mi memoria.

Aunque duela.

Aunque duela tanto.

Porque cómo se supera. Cómo se supera un “no ha podido ser”. Cómo se supera

lo que no hubieras querido tener que superar jamás. Superar un “lo dimos todo, pero

no funcionó”. A ver, explícame cómo, porque yo quiero el atajo.

Quiero el atajo para dejar de sentir el dolor de la pérdida y, al mismo tiempo, la

confusión de esta extraña recuperación. Quiero el atajo para volver a sonreír sin

esforzarme y, sobre todo, el atajo para volver a estar a tu lado.

A tu lado pero esta vez, ya, sin que mi piel sea de tus manos.