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LA DIVISIÓN AZUL historia completa de los voluntarios españoles de hitler de 1941 a la actualidad Ilustrado por José David Morales Carlos Caballero Jurado

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LA DIVISIÓN AZUL

historia completa de losvoluntarios españoles de hitler

de 1941 a la actualidad

Ilustrado por José David Morales

Carlos Caballero Jurado

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índice

Nota previa sobre topónimos ............................................... 11Siglas utilizadas ............................................................... 13Listado de mapas ............................................................... 17

I. «¡Rusia es culpable!». La División Azul

en sus perspectivas históricas .............................. 19

II. «¡Rusia es cuestión de un día!». De España

a Nóvgorod, la cuna de Rusia. Junio-octubre

de 1941 ................................................................. 85

III. «¡Nada nos importa el frío, teniendo la sangre

ardiente!». Guerra al este del río Vóljov.

Octubre-diciembre de 1941.................................. 211

IV. «Morir en la nieve, como cara al sol». Frenando

al Ejército Rojo al oeste del Vóljov.

Enero-agosto de 1942 .......................................... 267

V. «Cuando vuelva a España con mi división».

Asediando Leningrado: gloria y tragedia en

Krasny Bor. Septiembre de 1942-marzo de 1943 ... 343

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VI. «Adiós, hermosa Katiusha». A la defensiva frente

a Leningrado. Abril-octubre de 1943 .................. 463

VII. «¡Adiós, Lilí Marlén!». De Leningrado a Berlín,

pasando por los Pirineos y los Balcanes.

Noviembre de 1943-mayo de 1945 ......................... 529

VIII. «¿A qué fuimos a Rusia?». Los divisionarios

después de 1945: prisioneros, hermandades

y testimonios ....................................................... 603

IX. El debate historiográfico ................................... 701

Bibliografía y hemerografía ................................................... 789

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I

«¡RUSIA ES CULPABLE!».LA DIVISIÓN AZUL EN SUS PERSPECTIVAS HISTÓRICAS

Hay países europeos donde la rusofobia es muy débil, como España. Cuarenta años predicando contra la URSS no han servido de mucho. En realidad, la

propaganda franquista no iba contra Rusia y los rusos, sino contra el comunismo. Antes de la Guerra Civil no había ni juicios ni prejuicios contra Rusia en España.

María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y Leyenda Negra

La vecindad entre naciones, no hay duda, es la causa de las guerras en-tre ellas. Dado que España y Rusia se encuentran en los extremos de

Europa, nuestros conflictos con Rusia han sido casi inexistentes, así que cuando varias decenas de miles de españoles decidieron participar en una remota y dura campaña militar, respondiendo al conjuro de la frase «¡Ru-sia es culpable!», por fuerza nos debe sorprender.

Rusia y España han compartido «vocación imperial», y en su expan-sión hubo incluso un momento en que llegaron a tener frontera. Ocu-rrió en el xviii, cuando España mandó varias expediciones a explorar las costas noroccidentales de América del Norte y se tomó contacto con exploradores rusos que avanzaban desde Alaska hacia el sur. Ambas mo-narquías firmaron el Tratado de El Escorial, ratificado por Rusia (en 1790) y España (en 1794), por el que la frontera se fijaba en los 48º de latitud norte (aproximadamente en la ubicación de Vancouver). España y Rusia tuvieron frontera una vez, pero fue en el otro extremo del mundo.

No deja de ser significativo que entre los primeros estudiosos de las relaciones entre España y Rusia figurase José María Sánchez Diana, un veterano de la División Azul, ya que como muchos de sus camaradas, ha-bía vuelto a España fascinado por Rusia. En uno de sus libros estudió la singular guerra que Rusia declaró a España en 1799, en el complejo

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marco de los conflictos desencadenados por la Revolución Francesa, y que no pasó de ahí, de la simple declaración (Sánchez Diana, 1963). La relación hispano-rusa ya había tenido antes algún momento tenso. Fe-lipe II, en cuyas posesiones jamás se ponía el sol, pensaba en términos globales. Enfrascado en la guerra contra los herejes, deseaba contar para ello con los polacos, adalides del catolicismo romano. Pero estos a su vez mantenían luchas en varios frentes: contra los suecos luteranos, contra los otomanos musulmanes, y con un poder emergente, el de la Rusia orto-doxa. Los zares, y destacadamente Iván el Terrible, presionaban a los po-lacos desde el este, y eso le preocupó lo suficiente a Felipe II como para ordenar preparar un plan para llevar tropas españolas al remotísimo puer-to ruso de Arkanjelsk, en el boreal Mar Blanco, desde donde actuarían en apoyo de los polacos. No hizo falta implementarlo, ya que Polonia no solo frenó el empuje ruso, sino que contraatacó hasta alcanzar Moscú. El plan se archivó, pero pudo haber dado origen a alguno de esos episodios tan fascinantes de la historia militar española.

Aun así hubo presencia de españoles en las luchas en los confines ruso-polacos. Lo raro hubiera sido que no hubiera por allí ningún espa-ñol, dicha sea la verdad. Los guerreros españoles del siglo xvi —la época en la que nadie dudaba que nuestros soldados eran los mejores del mun-do— protagonizaron historias que hoy nos sorprenden. Y no me refiero solo a las bien divulgadas gestas de Cortés o Pizarro, sino a otras mucho menos conocidas. Como botón de muestra cabe recordar las hazañas por Camboya de Blas Ruiz, capitaneando un diminuto ejército que —para que todo resulte más exótico— estaba compuesto también por samuráis japoneses. O la no menos fascinante historia de cómo un ejército de mercenarios españoles bajo el mando de un compatriota natural de Cue-vas de Almanzora —aunque fuera conocido como Yudar Pachá— con-quistó en 1591 Tombuctú, al servicio del sultán de Marruecos.

Como había guerreros de fortuna españoles un poco por todas par-tes, también los hubo en aquellas latitudes, aunque esta presencia haya sido olvidada por nosotros. Pero no por los rusos: por eso aparecían en la película rusa 1612, que conmemora la definitiva expulsión de los po-lacos de Moscú: una superproducción destinada a fomentar el orgullo ruso, ahora que la mitología marxista-leninista de la «Revolución de Oc-tubre» es incómoda como elemento legitimador de la gran nación eslava.

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Porque los rusos no ignoraban que hubo españoles en aquellas batallas. Uno de los protagonistas de la cinta era un español, al que se nombraba como Álvaro Borja y, pese a la crueldad que cabe esperar de un soldado así, se le mostraba bajo un perfil «humano», hasta romántico. Álvaro Bor-ja aparecía junto a otros mercenarios a sueldo de los polacos, y ninguno era tratado de la misma manera, un dato a recordar, porque sugiere una cierta hispanofilia rusa. Pero episodios como este no tienen más que un interés anecdótico.

Será el gigantesco cataclismo bélico de la Guerras Napoleónicas el que, por vez primera, lleve a soldados españoles en cantidades relevantes a una campaña contra Rusia. La historia del Regiment Joseph Napoléon es la de unos prisioneros de guerra españoles (miembros del ejército del marqués de la Romana, enviado a Dinamarca en virtud de los tratados entre Carlos IV y Napoleón, que cayeron en manos francesas) que iban a vivir una singular peripecia. Abandonados a su suerte tras el inicio de la Guerra de Independencia española, el Gran Corso los reclutó a la fuer-za para su ejército en 1809, a cuenta de que eran súbditos del «nuevo rey de España», su hermano José I. Nunca se les usó en España, y en cambio participaron en la campaña de Rusia. El empleo de los españoles en aquella guerra, que jamás consideraron como suya, fue un fracaso, y de-sertaron en tan gran número como para que los rusos pudieran organizar un regimiento español integrado en su propio ejército (bautizado Regi-miento «Imperial Alejandro»). Para mantener a los españoles en sus filas, los franceses tuvieron que recurrir a ejecuciones en masa de soldados considerados «rebeldes» (en una ocasión, 69 fueron ajusticiados a la vez). Tras la retirada de Rusia, y ante la falta de efectivos, se hizo lo posible para mantener al Regiment Joseph Napoléon, pero finalmente fue con-vertido en una unidad de trabajadores y acabó disuelto en 1814. Vale la pena recordar ese precedente a la hora de juzgar el acontecer de la Di-visión Azul.

La historia del Regiment Joseph Napoléon tiene, sin embargo, el su-ficiente exotismo como para que se hayan publicado libros de testigos de su aventura, alguno recientemente (Llanza, 2008). El Regimiento «Im-perial Alejandro», que no llegó a combatir contra las tropas napoleónicas en Rusia, también ha merecido un libro recientemente (Alemparte, 2015). Una última precisión necesaria: también hubo españoles en la

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«Legión Portuguesa» que formó parte del ejército de Napoleón en Ru-sia, un conjunto multinacional. Cuando Napoleón invadió Portugal en 1808, ordenó crear esa Legión, para usarla en Europa, y poco después la hizo abandonar Portugal y atravesar España. Las deserciones fueron ma-sivas y la «Legión Portuguesa», para compensarlas, enroló a la fuerza a prisioneros de guerra españoles durante su travesía por nuestro suelo, de manera que en esa Legión los españoles eran mayoría. Como vemos, de-safortunadas circunstancias arrastraron hasta Rusia a muchos españoles, a una campaña en la que ninguno deseó participar (la historia del Regi-miento José Bonaparte y de la Legión Portuguesa, en Dempsey, 2002).

Hago un inciso en el relato para hacer constar que cada vez que ten-ga que referenciar un libro o un artículo que considero importante para este tema, lo haré citando el autor y el año de edición entre paréntesis, para que el lector pueda encontrar los datos sobre esa fuente en el apén-dice de fuentes bibliográfícas y hemerográfícas que pone punto final a este libro. Otros libros y artículos han inspirado el presente texto, pero relacionarlos todos haría larguísima la lista.

Dejando de lado el carácter de precedente de una intervención mi-litar de españoles sobre territorio ruso, salta a la vista que nada tienen en común la historia del Regiment Joseph Napoléon, y la División Azul. Mientras que el primero es una curiosidad histórica, la segunda ha dejado una huella profunda, que permanece viva setenta años después. Y que despierta una apasionada polémica cada vez que aparece en el debate público.

El año 2018 ha sido prolífico en ejemplos. Empezaba marzo cuando cadenas de TV y periódicos se hicieron eco de lo que consideraban un escándalo: la Dirección de Apoyo al Personal (DIAPER) del Ministerio de Defensa estaba financiando la repatriación a España de restos de caí-dos de la División Azul. Ciertamente el monto total era casi irrelevante, pues se habían invertido 23.000 euros desde 2003, y desde esa fecha el total de restos repatriados era de 23. ¿A qué tanto escándalo? Tenía todo que ver con el hecho de que el gobierno del PP, en la que iba a ser una de sus últimas decisiones, vetase en uso de sus atribuciones la tramitación parlamentaria de la «Proposición de Ley para la Reforma de la Ley 52/2007 por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen me-didas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la

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guerra civil y la dictadura», que el PSOE había presentado en diciembre de 2017.

Esta propuesta de reformar la llamada «Ley de la Memoria Históri-ca», promulgada en su día por el gobierno socialista de Rodríguez Za-patero, tenía aspectos inquietantes en cuanto a la libre discusión históri-ca de los hechos relacionados con la Guerra Civil y el régimen franquista, pues establecía una especie de «comisariado político» para dictaminar qué se puede opinar y qué no sobre esos temas, pero para re-chazarla el PP solo usó una razón económica: el coste de su aplicación, evaluado en cientos de millones de euros. Al reducir el debate a ese tema, planteó el problema en el terreno que sus opositores deseaban: puesto que había dinero para repatriar restos de caídos de la División Azul, al negarse por razones económicas a aceptar la ley propuesta por los socia-listas, en nombre de la ahora llamada «Memoria Democrática», lo que estaba «evidenciando» el PP era su «ADN franquista». Los titulares de prensa fueron elocuentes: «División Azul contra Víctimas de Franco: la memoria histórica abre otro frente contra Rajoy».

La realidad de los hechos era muy distinta. Si había repatriaciones de cadáveres de caídos de la División Azul se debía a un acuerdo firmado en 1995 por el gobierno de Felipe González con la Volksbund Deutsche Kriegsgräberfürsorge. La VDK (Liga Popular para el Cuidado de los Ce-menterios Militares Alemanes) es una ONG alemana que se encarga de construir y cuidar los cementerios de los alemanes caídos en la Primera y Segunda Guerra Mundial, repartidos por el mundo. Desde el derrum-be del comunismo en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, la VDK está levantando cementerios en Rusia y las demás repú-blicas exsoviéticas, para inhumar a los caídos cuyos restos se puedan des-cubrir. Tarea difícil, pues durante la Segunda Guerra, los soviéticos arra-saban los cementerios alemanes (y los de los otros ejércitos que lucharon contra ellos) a medida que expulsaban a la Wehrmacht de la URSS.

Como en la zona septentrional de Rusia se estaban encontrando restos de soldados de la División Azul española, la VDK negoció con el gobierno español, y este acordó una subvención a esta ONG alemana a cambio de la recuperación de los restos de los españoles, para darles dig-no enterramiento. Quien era el ministro de Defensa a la sazón, el socia-lista Julián García Vargas, había tenido un familiar que sirvió en la Divi-

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sión Azul, y eso quizás explique el interés que se tomó en el tema. Pero, que nadie se llame a engaño, porque —ya que ese 1995 se estaba con-memorando el final de la Segunda Guerra Mundial— el principal gesto que hizo García Vargas, fue mandar erigir en el Cementerio de Fuenca-rral un gran monumento de «Homenaje a los Españoles Caídos por la Libertad de Europa» (lo que quería decir, a los españoles que cayeron formando parte de alguno de los Ejércitos Aliados), aunque lo que se im-puso en la mitad oriental de Europa no fuera precisamente la libertad. La División Azul (en adelante usaré con frecuencia la abreviatura DA) ya disponía de otro monumento análogo propio, muchísimo más modesto, pero no se había pagado con fondos públicos, sino con aportaciones de los veteranos de la DA.

Volvamos a suelo ruso. En las zonas donde junto a caídos alemanes se encontraban restos de voluntarios de otras nacionalidades que habían servido en la Wehrmacht, la política de la VDK era agrupar a estos en sec-tores diferenciados de los cementerios que se estaban creando. En el de Pankovska (Nóvgorod), radicado en una región donde la DA había esta-do desplegada muchos meses, se estableció un área para los caídos es-pañoles, pero también había —por ejemplo— zonas para los restos de los voluntarios anticomunistas del Flandes belga, que igualmente habían combatido en la zona. No era España la única nación que había llegado a acuerdos con la VDK, claro está. El acuerdo hispano-alemán preveía que las familias de caídos españoles que lo deseasen podrían repatriar sus restos, con el concurso de la Dirección de Apoyo al Personal (DIAPER) de nuestras Fuerzas Armadas. Y como el acuerdo ha estado en vigor desde entonces, se da la circunstancia de que bajo el gobierno socialista de Ro-dríguez Zapatero se repatriaron más restos que bajo el gobierno conser-vador de Rajoy.

Pero nadie hizo caso de las explicaciones que en torno a la noticia dio la DIAPER: de lo que se trataba era de usar el tema «División Azul» en la propaganda política, pues se sabe que en España sigue despertando pasiones. Uno de los argumentos preferidos por la izquierda historiográ-fica y mediática es que rendir algún tipo de homenaje a los caídos en Rusia es algo inimaginable en ningún país democrático europeo. La fal-sedad de esa aseveración la puede comprobar cualquier lector que tenga la curiosidad de teclear en un buscador de Internet la frase «Tempo Sa-

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crario di Cargnacco». Se trata de un templo inaugurado hace relativa-mente poco tiempo, para honrar el recuerdo de los aproximadamente 90.000 caídos y desaparecidos que tuvo Italia en la campaña rusa. A di-ferencia de España, Italia repatría sistemáticamente todos los restos de sus caídos que se encuentran, sin esperar a que la familia así lo demande, pe-ro lo más llamativo es que para recibir esos restos se realizan solemnes actos militares, y cada cajón con restos, cubierto por una bandera, es tras-portado por un soldado del Ejército Italiano hasta su descanso definitivo. Algo inimaginable en España, donde cuando la DIAPER repatría los restos de un caído en Rusia por petición de la familia, se le entregan a esta como si fuera un paquete en un hangar de carga de un aeropuerto, para que sus deudos lo entierren donde estimen oportuno, sin ceremo-nia oficial alguna.

Apenas habían pasado unas semanas cuando la TV y la prensa se hi-cieron eco de otro «escándalo». En nombre de la «memoria histórica» el callejero de Madrid se había purgado de nombres «franquistas» hace ya mucho tiempo. Pero cuando en la capital entró a gobernar el equipo de Manuela Carmena, con el apoyo de la formación de izquierda radical Podemos, y del PSOE, consideraron que aún había demasiadas calles cu-yos nombres les parecieron intolerables. Una de ellas fue la Calle «Caídos de la División Azul». Para sorpresa de los nuevos gobernantes municipa-les, su idea de retirar el nombre de la calle despertó la abierta oposición de un grupo de familiares de esos caídos, que desde el 2015 protestaron una y otra vez, en diferentes formas contra la medida. Una de sus vías de acción fue la judicial. Y en los primeros días de abril de 2018 los medios de comunicación se hicieron eco de algo que sorprendió: un juzgado de Madrid dio la razón al Colectivo de Familiares de Caídos de la División Azul, negando que fuera necesario cambiar el nombre de la calle para hacer cumplir la Ley de la Memoria Histórica. El ayuntamiento dijo que recurriría a otros procedimientos administrativos para cambiar el nombre de la calle, porque era su decisión el borrar a la DA del callejero.

No era la primera vez que un cambio de nombre desencadenaba una polémica de ámbito nacional. Decenas de ciudades y pueblos han borrado de sus callejeros el nombre «División Azul», y también el de aquellos de sus miembros que fueron honrados con calles en otros tiem-pos (en general se trató de caídos en combate). Pero en Alicante se dio

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un caso llamativo. Ya en 1981 un gobierno municipal de izquierdas qui-so cambiar el nombre de la Plaza de la División Azul existente en la ciu-dad, encontrando la oposición vecinal. Se optó por enterrar el tema, pe-ro cuando recientemente la izquierda volvió de nuevo al poder, se planteó de nuevo cambiar una amplia lista de nombres de calles y plazas. Esta incluía la de la División Azul, pero también la plaza dedicada a Cal-vo Sotelo, asesinado por activistas del Frente Popular en julio de 1936, apenas días antes del inicio de la Guerra Civil. Para sustituir a los nom-bres que se querían borrar se optó por personajes de perfil izquierdista, y ajenos a la ciudad de Alicante, como Clara Zetkin o Rosa Luxem-bourg. El PP, en la oposición, se opuso al proyecto, al entender que Cal-vo Sotelo no podía ser acusado de «franquista», ni de haber estado impli-cado en actividad represora alguna, pero también por lo que llegaron a calificar como una «sovietización» del callejero. En sus argumentos jamás hicieron referencia a la DA.

El caso es que, dado el complicado equilibrio de fuerzas políticas en el consistorio alicantino, en 2017 el gobierno de izquierdas optó por sal-tarse el procedimiento reglamentario —un pleno del ayuntamiento— y decidió proceder al cambio de nombre de las calles en reunión restrin-gida del equipo de gobierno municipal. Ante tal irregularidad, el PP pre-sentó recurso en un juzgado, pero antes de que este dictara sentencia, en una operación propagandística bien diseñada, con presencia de medios informativos, el consistorio retiró la placa de la Plaza de la División Azul. Se escamoteaba así el hecho de que la protesta de la oposición venía mo-tivada por nombres muy concretos, como la Plaza de Calvo Sotelo, tras-ladando el foco a la DA, y presentando así al PP como defensores de una «unidad nazi». Este juego de prestidigitación informativa permitió inclu-so realizar alusiones al Holocausto.

El procedimiento usado era tan burdo que, sin entrar en el fondo de la polémica, sino solo en las formas, el juzgado dictó que el ayuntamien-to no podía tomar esa medida sin haber esperado la resolución judicial, por lo que le impuso el que repusiera las placas con los nombres que se querían suprimir. En otra operación propagandística no menos minucio-samente planteada, convocando a todos los medios de comunicación, y también a autoridades de la Comunidad Valenciana, se repusieron las pla-cas de la Plaza de la División Azul, entre airadas protestas de un minúscu-

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lo grupo de activistas «antifascistas», y de nuevo el PP fue tildado direc-tamente de neonazi. Periódicos y televisiones nacionales ofrecieron reportajes sobre el hecho. En cambio, de la reposición de la placa en la Plaza de Calvo Sotelo no se habló para nada. Nadie invitó a los medios. Hablar de Calvo Sotelo y de su alevoso asesinato en julio de 1936 no fi-guraba entre los temas que le interesaran al ayuntamiento de izquierdas. Por cierto, una crisis municipal llevó de nuevo al PP al poder municipal poco tiempo después, y ese partido aseguró que del callejero alicantino desaparecería el nombre de la División Azul. Y así ocurrió, en efecto: lo que un ayuntamiento del PSOE no había hecho en 1981 lo acabó ha-ciendo un ayuntamiento del PP en 2018. Los nombres de algunos divi-sionarios caídos en Rusia, que también figuraban en el callejero alican-tino, fueron igualmente suprimidos.

Nada de esto era casual. En la nueva formación política de la izquier-da radical española, Podemos, alguno de sus ideólogos, como J. C. Mo-nedero, no se recataban de hacer en público este «razonamiento»: el PP había sido fundado por un ministro de Franco, Fraga; Franco había co-laborado con Hitler enviando a la DA a Rusia, lo que le hacía «cómplice del Holocausto»; y en consecuencia, dado el «ADN franquista» del PP, este podía ser tildado de neonazi. La DA era así pieza clave en el proceso de tratar de desacreditar al PP, deslegitimándolo como demócrata, aun-que el citado partido jamás haya dicho una palabra a favor de la presen-cia de voluntarios españoles en la campaña contra la URSS.

Quienes compartían ese tipo de «argumentos» con entusiasmo eran los independentistas catalanes, que no dejaban pasar ninguna ocasión al respecto. El año 2013 encontramos un buen ejemplo. Con motivo de la celebración de un homenaje a la Guardia Civil en Cataluña, asistieron a él las hermandades de veteranos de distintos cuerpos de nuestras Fuerzas Armadas: paracaidistas, «boinas verdes», veteranos de la campaña de Ifni, etc., y entre ellos, la Hermandad de la División Azul, pero también la Asociación de Antiguos Aviadores de la República. Al final de los actos, y por parte de la llamada Ponencia de Cultura de la Defensa, que agrupa en Cataluña a estas asociaciones de veteranos —y no por parte de la Guardia Civil, ni del gobierno— se hizo entrega a todas y cada una de las hermandades de un diploma de agradecimiento por su asistencia, que sus representantes iban a recoger en una tribuna. Entre los integrantes de

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esta, junto al alcalde socialista de la población donde se celebraba el ac-to, estaba presente la delegada del Gobierno en Cataluña, y le tocó a ella entregarle el diploma a los veteranos de la DA. El escándalo estaba ser-vido: para todos los medios de comunicación independentistas aquella era «una prueba más» de que España, un «estado filo-fascista» que opri-mía a Cataluña, no dudaba en «homenajear a los nazis». La noticia se fue exagerando hasta extremos cómicos y al final se hablaba de que «la Guar-dia Civil organizaba homenajes a la División Azul» y los independentis-tas catalanes no dudaron en plantear el tema ante la mismísima Comisión Europea.

Sería prolijo enumerar todos estos «escándalos». Pero es inevitable citar alguno más, como el desencadenado en noviembre de 2015 cuando medios de comunicación vinculados al independentismo vasco señalaron lo que les parecía intolerable: el Estado alemán seguía pagando pensiones a algunos veteranos de la DA. El tema fue resaltado por los medios de comunicación españoles situados más a la izquierda, y la formación po-lítica de la extrema izquierda alemana, Die Linke, llegó a presentar una pregunta en el parlamento germano al respecto, sugiriendo casi que la canciller Merkel era la continuadora del Tercer Reich. La respuesta del Gobierno de Berlín fue la que cabía esperar: los soldados de la DA habían servido en el Ejército Alemán durante la Segunda Guerra Mundial, lo que daba ciertos derechos económicos a quienes habían sufrido mutila-ciones, o enfermedades que les incapacitaban para una vida laboral nor-mal, derechos que habían sido reconocidos por tratados internacionales entre Alemania y España firmados en los años 1960, y por tanto se habían aplicado durante muchos años con la izquierda alemana en el poder. Por otra parte, y como cabe imaginar, a estas alturas de la historia el coste de esas pensiones era minúsculo, ya que habían muerto la casi totalidad de quienes habían sido sus beneficiarios.

La dimensión internacional que encontró el suceso, en sí mismo in-trascendente, se debió a que por las mismas fechas el gobierno de iz-quierdas de Grecia trataba de presionar a Alemania en medio de las du-rísimas negociaciones sobre la deuda helena. Desde Atenas se pretendía que Alemania pagara a Grecia cantidades elevadas para compensar los terribles efectos de la ocupación de su país por la Wehrmacht. Ante la resistencia teutona, una forma de presionar a Berlín fue airear el caso de

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los pagos a veteranos de la DA, por lo que este suceso tuvo un inespera-do eco internacional.

Por el contrario, apenas se habló de hechos que resultaban inquie-tantes, como el veto impuesto por autoridades municipales de ayunta-mientos gobernados por la izquierda a que en instalaciones municipales (como casas de la cultura) se presentaran libros que, a juicio de esas au-toridades, eran «favorables» a la DA. La libertad de expresión y de inves-tigación era burlada, de forma escandalosa, pero se guardó silencio. No menos espeso fue el silencio en torno a hechos tan indignantes como la destrucción de la tumba del general Muñoz Grandes, el primer coman-dante de la DA (ocurrida en el año 2015) o los varios ataques sufridos por el Monumento a los Caídos de la División Azul en el madrileño Ce-menterio de La Almudena (el último de ellos, en febrero de 2019). Estos hechos indudablemente reprobables por cualquiera, contrastan con el respeto con que los ciudadanos rusos tratan el monumento que —en el antes citado Cementerio Militar Alemán de Pankovska— recuerda a los caídos españoles de la DA allí enterrados.

En general, se puede decir que en relación con la División Azul, los abanderados de la «memoria histórica» se han salido con la suya y han impuesto sus deseos. Y no solo en los numerosos casos de cambios de nombres de calles, sino en otros muchos ámbitos. Un ejemplo fue lo que le ocurrió a la Hermandad de la Virgen de las Angustias, que participaba en la Semana Santa de Ciudad Real. Había sido fundada por veteranos de la DA y del Ejército Nacional en la Guerra Civil, así que desfilaba con pendones que representaban los emblemas de la Infantería, la Caballería, la Artillería y los Ingenieros, pero también con otro que aludía a la DA. En 2012, una campaña de los grupos de la memoria histórica logró que el obispado manchego impusiera a la citada Hermandad la retirada de ese pendón.

En el caso de España, a la opinión pública se le planteaban temas re-lacionados con la DA, y nadie tenía que pararse a explicar con detalle «qué era eso de la División Azul». Más o menos, cualquier persona me-dianamente informada sabía de la existencia de esa unidad. La DA era, quizás, la única unidad militar de la historia española que el público en general podía reconocer, y por ello no es extraño que en series de tele-visión tan populares como Cuéntame o Amar en tiempos revueltos hayan

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aparecido de tanto en tanto personajes que se supone encarnaban a «di-visionarios». Incluso en el cuasi-eterno programa de TV Saber y ganar se han hecho a los concursantes preguntas sobre la DA. A los 75 años de lo que podemos considerar el meridiano de su existencia, el año 1942, esto es, en el año 2017, el recuerdo de la DA no se había evaporado, en abso-luto.

Hay varias razones para ello. La más obvia es que, dado que por la División Azul pasaron, redondeando, 45.000 hombres, era muy raro el español de cierta edad que no conociera a, o tuviera referencia de, algún divisionario, y de hecho varios centenares de ellos seguían vivos cuando entramos en el nuevo milenio. Los hijos, nietos y familiares de distinto grado, de aquellos hombres sumaban centenares de miles de españoles. Quienes les habían conocido y tratado, eran millones. Y lo exótico de su historia (servir en el Ejército Alemán, en una campaña en Rusia) había atraído la atención de sus vecinos y paisanos. Cuando alguien en España usa la palabra «divisionario», no hay duda: se refiere a un veterano de la DA, aunque en realidad en la historia de España haya habido multitud de unidades militares con la entidad de «división». Y si alguna agencia de viajes, como Politours, incorporó entre sus circuitos en Rusia en 2016 uno titulado expresamente «San Petersburgo al completo y División Azul» no fue por casualidad, sino porque debía haber muchos clientes que les pidieran viajar a los escenarios donde combatieron españoles, muy posiblemente los antepasados de esos clientes.

Un segundo factor es que la DA es percibida como el epílogo (o uno de ellos) de un fenómeno que sigue obsesionando —y dividiendo— a los españoles, la Guerra Civil de 1936-1939, a la que muchos persisten en llamar «nuestra Guerra Civil» (aunque en realidad solo una absoluta-mente ínfima parte de los españoles que viven a día de hoy participó en ella). El interés por la Guerra Civil tiene su continuidad en el interés que despierta la DA (y las pasiones que suscita el tema de esta guerra se ex-tienden a la unidad expedicionaria).

Un tercer factor es que la Segunda Guerra Mundial también es un hecho histórico que despierta interés en España. Desde luego, muchísi-mo menos que en otros países, donde el conflicto se vivió en vivo y en directo, y todo el mundo tiene familiares que participaron en ella. Pero cualquiera que se pasee por una librería observará que el tema de la Se-

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gunda Guerra Mundial está muy presente, y la DA es el capítulo más destacado de la presencia española en ese conflicto. Y como el tema de la Segunda Guerra Mundial interesa a nivel mundial, puesto que la DA personifica la participación española en ella, no es casualidad que la DA ten-ga entrada propia en Wikipedia en castellano y las demás lenguas espa-ñolas, pero también en otros muchos idiomas, hasta un total de 26.

El hecho es que la aparición de artículos y libros sobre la DA es constante. En 1989, junto con Rafael Ibáñez, intenté hacer un balance de los hasta entonces publicados en un libro, Escritores en las trincheras (Caballero, Ibáñez, 1989) que ha quedado absolutamente superado debi-do a la avalancha de nuevas publicaciones. Como es elevadísimo su nú-mero, no consideraré ahora el segmento de los artículos, y me limitaré a los libros. Pese a la existencia de una ya muy amplia bibliografía al res-pecto, en 2017 aparecieron en el mercado editorial cuatro títulos nuevos. Y fue un año «flojo», porque si repasamos las novedades aparecidas desde que empezó la década nos encontramos con que el año 2011 aparecie-ron ocho novedades editoriales; en 2012 se publicaron nueve títulos nue-vos; en 2013 la cifra también fue de nueve; y en 2014 fue de seis, a los que había que añadir una obra referida a ella aparecida en ruso. El año 2015 marcó otro repunte, con nueve novedades editoriales en español y —de nuevo— otra en ruso. Y 2016 no le fue a la zaga, ya que aparecie-ron siete obras en español, y una en polaco. Y que conste que solo hablo de libros de contenido histórico, pues para esas fechas que acabo de se-ñalar había que citar otro hecho importante: la irrupción de la temática relacionada con la DA y los divisionarios en el mundo de la literatura, dando lugar a multitud de títulos.

Es sugestivo comparar el caso de la DA con el de los españoles que tomaron parte en la Primera Guerra Mundial, unos 2.000 y en las filas del Ejército Francés, cuyo recuerdo se ha perdido casi por completo. Una obra muy reciente sobre el tema eleva esa cifra —a mi juicio, sin funda-mento— y habla de un total de unos 15.000 españoles combatientes en todos los ejércitos implicados en la contienda, aunque no establece la identidad más que de unos 1.000 y en su gran mayoría son de familias de emigrantes radicadas en Francia metropolitana o en sus colonias nor-teafricanas, es decir, que podríamos hablar con más propiedad de sol-dados de origen español que de españoles (Fernández García, 2018).

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Dejando de lado los sectores más disparatados de la historiografía sepa-ratista catalana (que todavía elevan más la cifra de estos combatientes españoles en la Primera Guerra a 20.000, y sugieren que casi todos eran catalanes, que lucharon en aquel conflicto para obtener la independen-cia) el público en general no tiene ni la más remota idea de estas peri-pecias de los españoles en la Primera Guerra Mundial, una gran diferen-cia con respecto a lo que ocurre con quienes sirvieron en la DA.

Pero tampoco conviene engañarse al respecto. Si el público en ge-neral sabía que había existido la DA, eso no significa que conociera con detalle su historia y sus circunstancias. La amplia producción historiográ-fica que se publica sobre ella está destinada a lectores especializados, con un marcado interés por el tema, sin que llegue a otro tipo de lectores.

Habida cuenta de que a día de hoy la condena del régimen nazi es universal, y habiendo servido la DA integrada en sus fuerzas armadas, na-da es más fácil que anatematizarla. Esto lo sabían perfectamente las fuer-zas políticas y los historiadores de izquierdas, que siempre que se referían a ella la señalaban como «parte de las fuerzas nazis». Como cabe imaginar, ni los intelectuales ni los políticos de fuerzas de centro derecha o dere-cha españolas intentaban en modo alguno salir en su defensa.

Sin embargo, el intento de asociar a la DA con el nazismo y el Ho-locausto ocultaba por entero el significado de su existencia. Las razones por las que más de 45.000 españoles estuvieron combatiendo en Rusia no tienen nada que ver ni con lo uno ni con lo otro. Esas razones hun-den sus raíces en un fenómeno muy distinto, la polarización de Europa a partir de octubre de 1917 entre quienes apoyaban, admiraban —o al menos disculpaban— la instauración en Rusia de un régimen comunis-ta impuesto por los bolcheviques, y la de quienes por el contrario creían que ese régimen era un peligro para la civilización.

Todo un siglo después de que los bolcheviques se hicieran con el poder en la ciudad que entonces se llamaba Petrogrado subsiste una alar-mante cantidad de falsedades respecto a ese hecho, sólidamente instaladas en lo que podríamos llamar «conciencia general». Cualquier lector pue-de realizar el experimento de preguntar en su entorno por la «revolución soviética» y más o menos recibirá este tipo de respuesta: los comunistas acabaron con un régimen muy opresivo, el de los zares, que mantenía a su país en el mayor atraso, y sometido a una feroz represión policial, y tras

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hacerse con el poder instauraron políticas, quizás a veces poco acertadas, pero bien intencionadas para alcanzar mayores cotas de justicia social y de desarrollo económico.

La realidad no tiene nada que ver con tan extendidas ideas. Fue una revolución espontánea en febrero de 1917, desde luego no dirigida por los bolcheviques, la que forzó al zar a abdicar. Tras esta abdicación se pro-clamó una República, cuyo Gobierno Provisional en breve pasó a estar en manos del Partido Socialista Revolucionario (llamado eserita, por las siglas SR de su nombre), que desde luego no era una formación política conservadora, ni monárquica, ni capitalista. Y fue contra este Gobierno Provisional republicano y socialista sobre el que se abalanzaron los bol-cheviques de Lenin en octubre para sustituirlo, mediante un golpe de Estado bien orquestado, que si se pudo realizar no fue por el concurso de las masas, sino de las milicias conocidas como Guardia Roja, y con el inestimable concurso de los bien armados marinos de la base naval mi-litar de Kronstadt. El nuevo gobierno bolchevique no se atrevió a des-convocar las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente, pieza cla-ve en el proceso revolucionario democrático iniciado en febrero. Pero en cuanto se supo del resultado negativo para los bolcheviques de esas elec-ciones (celebradas con ellos ya en el poder) actuaron con contundencia. Puesto que sus seguidores no habían obtenido más que 175 de los 707 escaños que la componían, Lenin ordenó disolver la Asamblea Nacional el mismo día de enero de 1918 en que esta pretendía constituirse. Solo pudo celebrar una única —y accidentada— sesión.

Los bolcheviques, en suma, jamás acabaron con el zarismo y lo que hicieron fue abortar el nacimiento de un régimen democrático en Rusia. Lo que inauguraron fue una siniestra fórmula política, la que Marx había predicado bajo el nombre de «dictadura del proletariado», con la salvedad de que el proletariado como tal nunca ejercería el poder, sino que lo ha-ría en su nombre una altamente disciplinada estructura, la del Partido Bol-chevique, que muy pronto adoptó el nombre de Partido Comunista.

Toda la historia de la instauración de la dictadura bolchevique se ha contado siempre de la misma manera: falseando escandalosamente los hechos. El lector que conserve en su biblioteca los libros de Historia Contemporánea que estudió en la ESO y el bachillerato encontrará en ellos referencias a los primeros decretos del gobierno bolchevique: «so-

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bre la paz», el «derecho a la autodeterminación» o la entrega de las tierras a los campesinos, pero nada sobre el decreto de 1918 que instauraba el «terror rojo». Y no porque sea difícil conocer ese documento. Un instru-mento tan asequible como Wikipedia basta para saber de él y de los efec-tos que produjo, pero en los libros de texto el «Decreto sobre el Terror Rojo» parece no tener cabida.

Lo ocurrido en aquel octubre de 1917 iba a cambiar la historia de Europa, del mundo entero en realidad. Y no es extraño, ya que este se hallaba sumido en la catástrofe que suponía la Primera Guerra Mundial. Aquel devastador conflicto fue el que creó las condiciones para que el comunismo triunfara en Rusia, pero también para que aquel golpe de Estado se convirtiera para muchos en un foco de luz que irradiaba la es-peranza en una nueva era para la humanidad.

Han sido decenas de millones, quizás cientos de millones, las perso-nas que han interpretado el comunismo como un paso decisivo en el devenir humano. Y se sacrificaron por su instauración. Quizás una de las mayores tragedias que haya provocado el comunismo haya sido justa-mente esa, la ingente malversación de tantas ilusiones y tantos esfuerzos, que no condujeron a un «asalto a los cielos», sino a un número infinito de tragedias, a un auténtico «descenso a los infiernos». Y no es la menor de entre ellas el hecho de que, por culpa de las feroces purgas aplicadas en sus propios partidos comunistas, Stalin y Mao hayan sido responsables de la muerte de más comunistas que Hitler y Mussolini.

Hoy disponemos de un brillante ensayo escrito por François Furet, un gran historiador y antiguo militante de izquierdas, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (Furet, 1995) que des-entraña las razones por las que tantos intelectuales se dejaron arrastrar por un sueño que no fue sino una pesadilla. Con un planteamiento dis-tinto, ya que no buscaba estudiar ideas sino hechos, Stéphane Courtois, antiguo militante comunista y también historiador, dirigió a un equipo de colegas que dieron a la imprenta el tremendo alegato que supuso El libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión (Courtois y otros, 1998), haciendo un desolador balance sobre los casi cien millones de víc-timas mortales que provocó una ideología que se pretendía liberadora y humanista. Víctimas enteramente inútiles, ya que la venturosa sociedad comunista que se prometió jamás se concretó en parte alguna del plane-

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ta, y lo que queda hoy de esa quimera es una patética y feroz dictadura, hereditaria para mayor escarnio, en Corea del Norte. Nunca se recurrió tanto al pleonasmo, y bajo el nombre de repúblicas democráticas popu-lares lo que han existido han sido dictaduras feroces contra los pueblos que tan enfáticamente eran usados en la denominación del engendro.

A la pregunta de cuál había sido la huella de la «Revolución de Oc-tubre» rusa, planteada en 2017 con motivo de su centenario, Richard Pi-pes, uno de sus más destacados historiadores, respondió sin dudarlo:

No hubo nada positivo ni grandioso en aquel acontecimiento. Su legado son millones de cadáveres. Arrastró a la humanidad a la Segunda Guerra Mundial y llevó a establecer un régimen de terror sin precedentes.

La respuesta se reprodujo en los obituarios que aparecieron con mo-tivo de su muerte, en la prensa del día 22 de mayo de 2018. Quien así se expresaba no era ningún antiguo «divisionario azul», ni tampoco un sec-tario neofascista, sino un prestigioso catedrático de Harvard, que nació en Polonia en 1923 en el seno de una familia judía, y que en 1939 huyó de ese país cuando lo ocuparon los nazis. Su monumental obra, La Re-volución rusa, apareció en español recientemente (Pipes, 2018).

Que la Primera Guerra Mundial provocó una crisis general en Eu-ropa no es ningún misterio. En España, que había permanecido neutral en la guerra, fue en 1917 cuando se produjo el primer intento de una huelga general a nivel nacional, apoyada conjuntamente por dos sindica-tos que a menudo se habían enfrentado, la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) anarquista y la Unión General de Trabajadores (UGT) socialista. Si una aguda crisis social y económica afectó a un país neutral como España, en los países que se vieron envueltos en el conflic-to esa crisis fue mucho más aguda, y por eso la Primera Guerra Mundial no acabó como las demás, con unos tratados de paz en que unos cedían territorios a otros, sino con grandes revoluciones que —además de al ru-so— enterraron a los multinacionales imperios de los Habsburgo y de los otomanos, trasformaron a Alemania en una república y crearon una multitud de nuevos «estados sucesores». La Primera Guerra Mundial lo que abrió fue un ciclo de revoluciones, bastantes de las cuales se inspira-ron en el modelo comunista ruso. Pero a la vez, el experimento soviético

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provocó una enérgica reacción en contra. Una reacción que tuvo su ex-presión más relevante en la aparición de los movimientos fascistas.

Ernst Nolte se consagró como una autoridad indiscutible en su es-tudio con obras como El fascismo en su época. Action Française, fascismo, na-cionalsocialismo y La crisis del sistema liberal y los movimientos fascistas (Nolte, 1967 y 1971), pero conmocionó el panorama historiográfico con una aportación posterior: La guerra civil europea, 1917-1945. Nacionalsocialismo y bolchevismo (Nolte, 1994), ya que la nueva obra sugería que si la versión alemana del fascismo, el nazismo, había llegado a los extremos que llegó, había sido porque para mejor combatir al bolchevismo había copiado muchos de sus métodos. Por decirlo en pocas palabras: la Guardia Roja Bolchevique era anterior a las Secciones de Asalto del Partido Nazi, la Cheka se adelantó en mucho a la Gestapo y el Gulag precedió a Auschwitz. En una obra posterior Después del comunismo. Aportaciones a la interpretación de la historia del siglo XX (Nolte, 1995), sintetizó esos planteamientos. De poner el foco sobre el fascismo, como elemento clave para explicar las dramáticas turbulencias de una época, Nolte había pasado a situarlo so-bre el bolchevismo. Las ideas de Nolte generaron un áspero debate. Pero su hipótesis básica, la de que el triunfo del bolchevismo provocó una guerra civil es cierta, sin duda. Guerra civil europea, entendiendo a Eu-ropa como un todo, pero también guerras civiles en todos los países que la componen. En La Europa revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo XX, Payne ha hecho un estudio comparado de estas guerras civiles, muy útil en nuestro caso, ya que la obra está llena de referencias al caso concreto de España. Una idea clave de ese libro:

Es inevitable que la revolución suscite la contrarrevolución. En Rusia la reacción fue demasiado débil, dividida y contradictoria como para triun-far, pero el rechazo al comunismo en el resto de Europa fue categórico y continuo. Una parte considerable de la política europea no tardaría en funcionar en clave de anticomunismo (…). Las consecuencias pronto se apreciarían en Alemania e Italia (…) el fascismo se alimentó de su oposi-ción al socialismo y el comunismo, hasta el punto de que cabría pregun-tarse si dicho movimiento, en los casos en que alcanzó el poder, habría podido sobrevivir sin la oportunidad de aprovecharse de esa oposición (Payne, 2011).

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El triunfo del comunismo en Rusia no iba a quedar sin respuesta. Empezando, claro, por la misma Rusia, donde el golpe de Estado bolche-vique y la instauración de su gobierno, tan ilegítimo como demostraban los resultados de las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente, provocó una cadena de alzamientos que cuajaron en la Guerra Civil ru-sa, un conflicto poco conocido en España, aunque recientemente haya aparecido alguna obra al respecto (Mawdsley, 2017). Los comunistas ha-bían hecho de su oposición a la guerra la palanca para ascender al poder, y su primera disposición fue disolver el viejo ejército, pero a continua-ción crearon uno nuevo, destinado a ser el más poderoso del mundo, el Ejército Rojo, que saldría victorioso de la Guerra Civil. Además de la guerra en la misma Rusia, toda una serie de conflictos sacudió la perife-ria rusa, y algunos territorios lograron consolidar su independencia ob-tenida tras la crisis final del zarismo (desde Finlandia a Polonia, pasando por los Países Bálticos), mientras en otros casos esta fue aplastada por el Ejército Rojo (Bielorrusia, Ucrania, el Cáucaso y Asia Central). Cada uno de esos conflictos periféricos fue además en sí mismo una guerra civil. En Finlandia, por ejemplo, aún se plantea el debate sobre si el bre-ve pero durísimo enfrentamiento que vivió el país debe ser bautizado como «Guerra de Independencia» o «Guerra Civil». Este rosario de con-flictos fue la primera oleada de las guerras civiles provocadas por el triun-fo bolchevique (Villamor, 2018). Y hay que subrayar algo fundamental: Lenin asaltó el poder con la excusa del gran sufrimiento que el zarismo provocaba entre la población con su guerra imperialista, pero la guerra civil que provocó su asalto al poder y la instauración de su dictadura cau-só muchísimas más muertes y destrucción en Rusia que las padecidas por causa de la Primera Guerra Mundial.

Quizás a algún lector le esté sorprendiendo tan larga digresión por escenarios remotos y en el mundo de las ideas, pero me temo que es ne-cesaria, ya que la DA solo se comprende sobre este trasfondo de guerra civil europea, y los miembros de la DA no fueron a Rusia como merce-narios, sino como voluntarios para combatir al comunismo. Sí, pero co-mo fascistas, dirá inmediatamente el lector. Y como esto es totalmente cierto, seguimos obligados a movernos en el mundo de las ideologías.

Hablar de fascismo es especialmente complejo, ya que desde hace muchísimo tiempo tal palabra se utiliza fundamentalmente como un

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insulto. Es tal la carga negativa que se ha adherido al término que se ha satanizado lo que en principio fue tan solo uno más de los movimien-tos políticos contemporáneos. Incluso cuando se intenta hacer un uso más «científico» del concepto nos encontramos con otro problema: la larga hegemonía del marxismo en las ciencias sociales ha impuesto un sentido deformado al término. Puesto que lo «progresista» era el co-munismo, el fascismo solo podía ser «reaccionario». Y como el comu-nismo se suponía que era el fin de la explotación del obrero, el fascismo solo podía ser «la dictadura terrorista del gran capital». Esta fue exacta-mente la definición que se acuñó, y que durante décadas se ha tratado de imponer.

Aunque es dudoso que a nivel popular se pueda erradicar esa visión «diabólica» que hace del fascismo el summum de la maldad, la verdad es que disponemos a día de hoy de estudios de la mayor solvencia que des-montan esas visiones y le dan al fascismo el tratamiento que le corres-ponde: el de un movimiento político más en una época especialmente convulsa, en la que los radicalismos más extremos parecían ser los más atractivos para las masas. Para quien desee una comprensión más objetiva del fenómeno, basta con citar los libros de un gran estudioso de ese fe-nómeno, bien conocido a la vez como hispanista, el ya citado Payne, que ofrece respuestas a los interrogantes que nos plantea el fascismo tanto en su breve y sintético volumen El fascismo como en su enciclopédica His-toria del fascismo (Payne, 1982 y 1995).

La historiografía menos apegada a los dogmas ha elaborado una vi-sión completamente distinta a la que difundió la Vulgata marxista impe-rante en las ciencias sociales. Por citar un ejemplo reciente, el extraordi-nario libro de Roger Griffin, Modernismo y fascismo, subrayaba que el fascismo había sido una ideología en la que la modernidad y el progreso, no solo estaban presentes, sino que eran claves (Griffin, 2010). Pero hace ya muchos años que hay autores que subrayan la tremenda capacidad de atracción que tuvo el fascismo, por ejemplo, entre las élites intelectuales, aspecto que se analizó con detalle en La ilusión del fascismo (Hamilton, 1973). La verdad es que si el fascismo hubiera sido tal como lo han des-crito los historiadores marxistas, jamás habría tenido capacidad alguna para atraer a las masas, y la realidad es la opuesta: Lenin llegó al poder mediante un golpe de Estado, y Hitler por vía parlamentaria. Exacta-

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mente igual que el comunismo, el fascismo fue capaz de despertar pasio-nes y atraer voluntades.

A estas alturas, ya sabemos que las raíces del fascismo estaban presen-tes antes del triunfo comunista en Rusia, incluso bastante antes de la Pri-mera Guerra Mundial. Y lo llamativo es que esas raíces no están en la derecha, sino en la izquierda. En efecto, como ha demostrado el histo-riador israelita Sternhell en varios libros, a finales del xix el pensamien-to socialista experimentaba una aguda crisis debido a que las prediccio-nes de Marx sobre un inminente e inevitable colapso del capitalismo no se estaban cumpliendo. Eso generó tendencias que revisaban el socialis-mo. La más famosa, la de Bernstein, supuso el abandono de aquellas qui-meras milenaristas y la apuesta por el juego democrático-parlamentario, sentando las bases de la socialdemocracia. Lenin revisó las teorías en otro sentido, opuesto, y afirmó —contradiciendo radicalmente a Marx— que el comunismo podría triunfar en países como Rusia, aunque aún no se hubiera implantado allí el capitalismo, porque el capitalismo había pasa-do a una fase que Marx no conoció, la fase imperialista. En Francia y en Italia la revisión fue de otro tipo; se arguyó que si el socialismo no logra-ba sacar a los obreros de su pasividad era porque le faltaba un compo-nente emocional a sus movilizaciones de masas, componente que solo podía aportar una síntesis con el nacionalismo, ya que esta corriente ideológica sí que tenía la capacidad de desencadenar pasiones. En ese in-tento de síntesis se encontraba el germen del fascismo. Es una lástima que, de los diversos libros de este autor, solo uno haya sido publicado en español, El nacimiento de la ideología fascista (Sternhell, 1994).

Fascismo y comunismo tenían una matriz común en la izquierda, lo que explica la facilidad con la que se trasvasaban ideas y personas. No piense el lector que nada de esto tiene que ver con la DA, porque lo tiene y mucho. Adelantaré un ejemplo: uno de los divisionarios más im-portantes fue José Miguel Guitarte, que marchó a Rusia siendo el jefe nacional del Sindicato de Estudiantes Universitarios (SEU), la organi-zación más combativa de la Falange, arrastrando con él a varios miles de jóvenes «seuistas». Sin embargo su vida política había empezado en las Juventudes Comunistas, como nos recordó en sus memorias quien compartió con él pupitres universitarios y militancia, Manuel Tagüeña, que también estuvo en Rusia en las mismas fechas que Guitarte, pero

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como oficial del Ejército Rojo soviético (Tagüeña, 1978). ¿Un caso único y español? En modo alguno. El personaje central en la historia de los franceses que lucharon junto a los alemanes contra el Ejército Rojo —también los hubo— fue Jacques Doriot, quien vestido con uniforme de la Wehrmacht participó en el intento de asaltar Moscú. Una ciudad que conocía por haber estado en ella como miembro del Comité Cen-tral de la Internacional Comunista (Komintern), aunque finalmente rompió por completo con esa ideología y creó el principal partido fas-cista francés (Norling, 1998).

Volvamos a los efectos de la Primera Guerra Mundial. El comunis-mo y el fascismo tenían sus orígenes antes de que aquella guerra se con-virtiera en la larga agonía que fue. Pero nunca habrían tenido el papel que después tuvieron de no ser por la hecatombe de 1914-1918. Si al comunismo le permitió asaltar el poder en Rusia, para el caso del fascis-mo fue ese mismo conflicto lo que le dio alas. Y —poco después— el temor que provocó la instauración de la «dictadura del proletariado» en Rusia, que por unos meses pareció que iba a reproducirse en Italia, le dio la base sobre la que expandirse. Porque el fascismo solo aparecerá con sus perfiles ya definidos y el nombre que le será propio en 1919, bajo el li-derazgo de Benito Mussolini, un hombre con una dilatada biografía de militante de izquierdas. Si su Partido Nacional Fascista logró asaltar el poder en 1922, tal velocidad de ascenso solo puede explicarse por lo agudo de la crisis que se estaba atravesando en Italia.

En otros muchos países de Europa se impusieron formas políticas que rompían con el modelo liberal-parlamentario, que desde hacía un siglo progresaba poco a poco en nuestro continente. Además de los ya citados casos de la Rusia comunista y la Italia fascista, y del singular caso de la Turquía post-otomana, se implantaron dictaduras (en distintas fe-chas del periodo de entreguerras) en Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Rumanía, Hungría, Yugoslavia, Bulgaria, Albania, Grecia, Austria, España y Portugal. Y Hitler creó su Tercer Reich. Para la izquierda, todas aque-llas fueron «dictaduras fascistas», como las de Mussolini y Hitler, lo que está lejos de ser verdad. Eran dictaduras conservadoras, simplemente. La diferencia es fácil de percibir: Mussolini y Hitler llegaron al poder desde abajo, aupados por movimientos de masas. El resto de las dictaduras fue-ron instauradas por exponentes de las élites políticas (reyes, primeros mi-

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nistros), que estaban ya en el poder, o bien por las cúpulas militares, sin contribución ninguna de masas movilizadas. Lo cierto es que en la Eu-ropa de entreguerras el modelo de democracia parlamentaria ya no se veía, ni a izquierda ni a derecha, como ninguna panacea, sino más bien como un modelo caduco.

A Lenin se le opuso como contramodelo el de Mussolini. Y —años después— a Stalin se le opondría la figura de Hitler. Europa entera asis-tió a un fenómeno de polarización entre dos bloques, el «anticomunista» y el «antifascista». Importaba poco el que, en buena parte de los países europeos, tanto los comunistas como los fascistas fueran solo fuerzas po-líticas marginales, ya que lo que ocurría era que la derecha se definía co-mo anticomunista, y tachaba más o menos en bloque a todas las izquier-das de comunistas, mientras que —a la inversa— la izquierda catalogaba a toda la derecha como fascista y exhibía el antifascismo como seña bá-sica de su identidad. La dialéctica política de esta época se ha descrito eficazmente en la obra colectiva Políticas del odio. Violencia y crisis en las democracias de entreguerras (Rey, Álvarez Tardío, 2017).

España no permaneció al margen de esa polarización, todo lo contrario. Cuando en 1936 estalló la Guerra Civil, la izquierda la de-finió como una guerra «contra el fascismo», aunque lo cierto es que en las elecciones de febrero de 1936 Falange no había sacado ni un solo diputado. Pero la derecha apoyó el levantamiento militar porque lo veía como un movimiento «contra el comunismo», pese a que era notorio que si el Partido Comunista Español había logrado diputados era por haber concurrido en las filas del Frente Popular. Por muy erró-neas que fueran esas percepciones, eran las que pregonaban los líderes y movían a las masas. En octubre de 1934 las izquierdas y los separatis-tas se levantaron en armas en una acción que se trató de justificar di-ciendo que la llegada al poder de la CEDA suponía la entronización del fascismo, algo muy alejado de la realidad, pero muy extendido co-mo temor. Por análogas razones, aunque con orientación contrapues-ta, en julio de 1936, tras varios meses de un gobierno muy sectario del Frente Popular, parte del Ejército Español se alzó en armas, y fue in-mediatamente apoyado por amplios sectores de la derecha, por estar convencidos de que era inminente la instauración del régimen sovié-tico en España.

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Constituye una de las grandes tragedias del siglo xx español el que las genuinas ansias de justicia y afanes de modernización que sentía una gran parte del pueblo español, y que trató de materializar votando al Frente Popular, fueran derrochadas, porque muchos de sus líderes, obse-sionados con el falso pero poderoso ejemplo de la URSS, diseñaron po-líticas más inspiradas en el modelo leninista que en la realidad española. Políticas que despertaron un extendido temor.

Conviene recordar, llegados a este punto, cuáles fueron los resultados de las elecciones de febrero de 1936. Debido a las singularidades de la ley electoral entonces vigente, aquellas elecciones le dieron 278 escaños al Frente Popular, 51 a partidos de centro y 124 a la derecha. Pero por número de votantes, 4.654.116 lo habían hecho por al Frente Popular, 526.615 por fuerzas centristas y 4.503.524 eligieron a formaciones de derechas. En diputados, ganaba el Frente Popular, pero por número de votantes, eran más los españoles que no lo habían votado (5.030.139) que los que les habían otorgado su confianza. En ese contexto, pretender imponer un programa tan radical como el del Frente Popular tenía que provocar una fuerte resistencia. Y la violencia política, que nunca había estado ausente, por desgracia, en el escenario de la Segunda República, no hizo sino incrementarse. Pretender que esa violencia solo fue provo-cada por la acción de un partido minúsculo como era Falange desafía al sentido común. Hizo falta el concurso de fuerzas políticas mucho más influyentes en la sociedad española.

En la excelente obra dirigida por Fernando del Rey Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República española y que con-tó con la colaboración de destacados especialistas (Rey, 2011), quedó cla-ro que todas las fuerzas políticas de aquel momento apoyaban y practi-caban los métodos violentos. Desde posiciones de partida distintas, existe coincidencia en autores de gran solvencia a la hora de afirmar que la degradación de las normas democráticas bajo el gobierno del Frente Popular colocó al país en la pendiente que condujo a la guerra, y ahí es-tán los ejemplos de las obras de Gabriele Ranzato El gran miedo de 1936 (Ranzato, 2014) y Stanley Payne, El camino al 18 de julio (Payne, 2016). En ambas, la polarización entre «antifascismo» y «anticomunismo» es ele-mento clave del análisis, pero se subraya la responsabilidad del Frente Po-pular al incentivar la tensión. Esa espiral empezó por la manipulación de

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los resultados electorales de las elecciones de febrero, tan elocuentemen-te descrito por Álvarez Tardío y Villa García en 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (Álvarez, Villa, 2017).

Esa polarización se vio «ratificada» por otro hecho clave. Sabemos fuera de toda duda que la Guerra Civil española fue un fenómeno com-pletamente endógeno. No hay que buscarle raíces fuera de España. No fue un paso más dentro de un bien trazado plan de dominación nazi de Europa, ni tampoco se debió a una conspiración comunista para exten-der la revolución a escala mundial. Pero apenas se inició la Guerra Civil cada uno de los contendientes recibió ayuda desde un campo ideológico, y ello iba a darle al conflicto un significado adicional, ya que ambos ban-dos pretendieron actuar en clave de defensa de la independencia nacio-nal. La «España nacional» recibió ayuda de la Italia de Mussolini y la Ale-mania de Hitler, de manera que para quienes apoyaban al Frente Popular, los alzados eran simples lacayos de alemanes e italianos, y quienes los combatían defendían a España de esa invasión extranjera. El argumento era exactamente el mismo en el otro bando, aunque al revés, y —para los alzados en julio de 1936— había sido la Unión Soviética la inspiradora del Frente Popular y la que estaba en el poder en la zona controlada por este. Por ello estaban convencidos de que contra quienes combatían era contra los comunistas rusos y sus cómplices españoles. Un destacado es-critor militar, José Díaz de Villegas, que sirvió en Rusia con la DA, escri-bió un libro de historia sobre la Guerra Civil (para él, la «Guerra de Li-beración Nacional»), y su último capítulo se titula exactamente «Cuando los rusos se van» (Díaz de Villegas, 1958). Habrá quien se eche las manos a la cabeza ante esta interpretación de los hechos, pero convendría recor-dar que sigue habiendo mucha gente que sostiene que la Guerra Civil española no es sino el resultado de un paso más en un siniestro proyecto de Hitler. Importaba poco que ninguna de esas dos visiones se corres-pondiera con la realidad, porque ni los políticos ni los intelectuales que las difundían trataban de establecer la verdad, sino movilizar a las bases sociológicas de sus proyectos políticos y ampliarlas.

Rusia había sido siempre un país remoto para los españoles, una re-ferencia exótica. Los zares nunca habían tenido intereses en España. Pero la Unión Soviética era un Estado muy distinto, ya que pretendía ser la vanguardia de una revolución mundial. Por ello Lenin había creado la In-

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ternacional Comunista, Komintern —con sede en Moscú— y los parti-dos que en ella ingresaban se comprometían a defender a la «patria del proletariado», la URSS. Aunque España distaba de ser un país central en las preocupaciones de la Komintern, en definitiva el Partido Comunista de España (PCE) obedecía las órdenes de Moscú, como la de fomentar la creación de frentes populares cuando la URSS lo estimó oportuno, a partir de agosto de 1935. Varios historiadores han subrayado la importan-cia de esta intromisión soviética en España a través del PCE, desde la época anterior a la Guerra Civil y durante esta, entre ellos, el ya citado Payne en su Unión Soviética, comunismo y revolución en España, 1931-1939 (Payne, 2003). Pero no es el único. Otros libros sobre tan importante te-ma son La fe que vino de Rusia (Avilés, 1999), La Internacional Comunista en España (Elorza, Bizcarrondo, 1999), y La España soviética (Sagarra, González, Molina, 2018). En comparación con la URSS, ni Italia ni Ale-mania disponían de una herramienta similar con la que influir en la po-lítica española.

La Unión Soviética, Rusia en el lenguaje coloquial, se convirtió con la Guerra Civil en un actor de primer orden en nuestro devenir, con un papel decisivo. En la España del Frente Popular se alardeaba de su apoyo y se multiplicaban los gestos de simpatía hacia esa potencia (Kowalsky, 2005). Incluso en la actualidad, cuando la terrible realidad de lo que fue el comunismo soviético es universalmente conocida, esta participación de la URSS en la Guerra Civil española es alabada por partidos como el PSOE, como se demostró con la exposición Los rusos en la Guerra de España que su Fundación Pablo Iglesias organizó en Madrid en 2009 (VV. AA., 2009).

Exactamente lo contrario ocurría en la España nacional, donde la URSS era execrada hasta el extremo. La Guerra Civil se presentó en esa zona, como una «cruzada contra el comunismo», y como una «guerra de liberación nacional» contra el dominio «ruso». Pese a la inalterable leja-nía geográfica, Rusia se convirtió entonces en una realidad cotidiana pa-ra todos los españoles, y daba igual en qué zona de España se viviera.

La razón de ese protagonismo era la ayuda militar que la URSS pres-taba al Ejército Popular de la República. Desde aquel país llegaron ase-sores militares, que en realidad en muchos casos ocuparon puestos deci-sivos en sus estructuras de mando, gigantescas cantidades de armas y

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equipos, y también las instrucciones para crear un singular cuerpo mili-tar: las Brigadas Internacionales. Todos estos aspectos han sido objeto de apasionados debates y abordados desde las posiciones más divergentes, pero aquí basta con subrayar la importancia del «factor ruso» en la Gue-rra Civil.

Mientras que el papel de los asesores soviéticos se conoce poco por el público, ya que actuaron siempre dentro de una gran discreción, para no llamar la atención, las Brigadas Internacionales siempre estuvieron ro-deadas de una amplia publicidad. Si han sido objeto de una profunda atención se debe a lo singular de su carácter, al estar compuestas por vo-luntarios de muchos países a los que la «lucha contra el fascismo» atrajo hasta España. Desde héroes a villanos, desde valientes guerreros a inefi-caces milicianos, desde idealistas hasta escoria social marginal, todos los arcos de calificativos les han sido aplicados a este conjunto de unos 35.000 voluntarios reclutados en todo el mundo, aunque en especial en Europa y Estados Unidos. Su creación y organización hubieran sido im-posibles sin la estructura de la Internacional Comunista, dicho de otra manera, sin la intervención de la URSS.

Por cierto, las Brigadas Internacionales tuvieron su contrapunto en los voluntarios extranjeros que —aparte de las tropas enviadas desde Alemania e Italia— llegaron desde diversas partes de Europa para luchar contra el comunismo en las filas del Ejército franquista, tema este estu-diado en un trabajo pionero por José Luis de Mesa, Los otros internacio-nales (Mesa, 1998), y después también por autores extranjeros (Keene, 2002; Othen, 2007). Llamo la atención sobre el tema porque algunos de aquellos hombres repitieron campaña contra el comunismo siguiendo a la DA hasta Rusia. En algunos casos, aunque la importancia numérica de esos voluntarios anticomunistas fuera escasa, tuvo la mayor carga simbólica. Así ocurrió con los voluntarios rumanos Ion Mota y Vasile Marin, que eran líderes del movimiento fascista «Guardia de Hierro», que cayeron en combate en España, y cuyo funeral en Bucarest dio ori-gen a una masiva manifestación, pues en aquel país la causa de los anti-comunistas españoles había despertado una grandísima admiración. ¿Qué podía atraer hasta los campos de batalla de España a unos jóvenes rumanos? Uno de ellos, que sobrevivió, expresó de manera muy clara sus motivaciones:

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