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  • Vivimos en medio de una falacia descomunal, un mundo desaparecido que se pretende perpetuar mediante polticas artificiales. Un mundo en el que nuestros conceptos del trabajo y por ende del desempleo carecen decontenido y en el cual millones de vidas son destruidas y sus destinos aniquilados. Se sigue manteniendo la idea de una sociedad caduca, a fin de que pase inadvertida una nueva forma de civilizacin en la que slo un sector nfimo, unos pocos, tendr alguna funcin. Se dice que la extincin del trabajo es apenas coyuntural, cuando en realidad, por primera vez en la historia, el conjunto de los seres humanos es cada vez menos necesario. Descubrimos dice la autora que hay algo peor que la explotacin del hombre: la ausencia de explotacin; que el conjunto de los seres humanos es considerado superfluo, y que cada uno de los que integran ese conjunto tiembla ante la perspectiva de no seguir siendo explotable.

    El libro de Forrester tiene la virtud de instalar el debate en un terreno que no es el econmico ni el poltico (tcnico uno, institucional el otro) sino en el espacio pblico. Los problemas del desempleo, la marginacin, las crecientes desigualdades sociales y culturales, sugiere la autora, no deben ser tratados slo entre especialistas: deben discutirse en la sociedad. Esta obra se dirige a cada uno de nosotros. Y lo hace, adems, con una franqueza casi brutal. Forrester termina con la retrica engaosa segn la cual las dificultades del presente son en realidad los obstculos que deben superarse con vistas a un futuro mejor.

    Novelista y crtica literaria francesa, Viviane Forrester (1925) ha conmovido con este ensayo al mundo de las ideas. Con ms de 300 000 ejemplares vendidos en Francia y traducciones a 12 idiomas, El horror econmico ha llegado a ser, en pocos meses, un fenmeno de trascendencia internacional. Sus lectores constituyen una comunidad alerta para la cual la indiferencia dej de ser posible y en la que renace la solidaridad fundada en el respeto.

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    Vivimos en medio de una falacia descomunal: un mundo desaparecido que nos empeamos en no reconocer como tal y que se pretende perpetuar mediante polticas artificiales. Millones de destinos son destruidos, aniquilados por este anacronismo debido a estratagemas pertinaces destinadas a mantener con vida para siempre nuestro tab ms sagrado: el trabajo.

    En efecto, disimulado bajo la forma perversa de "empleo",

    el trabajo constituye el cimiento de la civilizacin occidental, que reina en todo el planeta. Se confunde con ella hasta el punto de que, al mismo tiempo que se esfuma, nadie pone oficialmente en tela de juicio su arraigo, su realidad ni menos an su necesidad. Acaso no rige por principio la distribu- cin y por consiguiente la supervivencia? La maraa de tran- sacciones que derivan de l nos parece tan indiscutiblemente vital como la circulacin de la sangre. Ahora bien, el traba- jo, considerado nuestro motor natural, la regla del juego de nuestro trnsito hacia esos lugares extraos adonde todos iremos a parar, se ha vuelto hoy una entidad desprovista de contenido.

    Nuestras concepciones del trabajo y por consiguiente del

    desempleo en torno de las cuales se desarrolla (o se pretende desarrollar) la poltica se han vuelto ilusorias, y nuestras lu- chas motivadas por ellas son tan alucinadas como la pelea de Don Quijote con sus molinos de viento. Pero nos formulamos siempre las mismas preguntas quimricas para las cuales, co- mo muchos saben, la nica respuesta es el desastre de las vi- das devastadas por el silencio y de las cuales nadie recuerda que cada una representa un destino. Esas preguntas perimi-

    das, aunque vanas y angustiantes, nos evitan una angustia peor: la de la desaparicin de un mundo en el que an era po- sible formularlas. Un mundo en el cual sus trminos se basa- ban en la realidad. Ms an: eran la base de esa realidad. Un mundo cuyo clima an se mezcla con nuestro aliento y al cual pertenecemos de manera visceral, ya sea porque obtuvimos beneficios en l, ya sea porque padecimos infortunios. Un mundo cuyos vestigios trituramos, ocupados como estamos en cerrar brechas, remendar el vaco, crear sustitutos en tor- no de un sistema no slo hundido sino desaparecido.

    Con qu ilusin nos hacen seguir administrando crisis al

    cabo de las cuales se supone que saldramos de la pesadilla? Cundo tomaremos conciencia de que no hay una ni muchas crisis sino una mutacin, no la de una sociedad sino la muta- cin brutal de toda una civilizacin? Vivimos una nueva era, pero no logramos visualizarla. No reconocemos, ni siquiera advertimos, que la era anterior termin. Por consiguiente, no podemos elaborar el duelo por ella, pero dedicamos nuestros das a momificarla. A demostrar que est presente y activa, a la vez que respetamos los ritos de una dinmica ausente. A qu se debe esta proyeccin de un mundo virtual, de una so- ciedad sonmbula devastada por problemas ficticios... cuan- do el nico problema verdadero es que aqullos ya no lo son sino que se han convertido en la norma de esta poca a la vez inaugural y crepuscular que no reconocemos?

    Por cierto, as perpetuamos lo que se ha convertido en un

    mito, el ms venerable que se pueda imaginar: el mito del trabajo vinculado con los engranajes ntimos o pblicos de nuestras sociedades. Prolongamos desesperadamente las transacciones cmplices hasta en la hostilidad, rutinas pro- fundamente arraigadas, un estribillo cantado desde antao en familia... una familia desgarrada, pero atenta a ese re-

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    cuerdo compartido, vida de los rastros de un denominador comn, de una suerte de comunidad aunque sea fuente y se- de de las peores discordias, las peores infamias. Cabra de- cir, de una suerte de patria? De un vnculo orgnico tal que cualquier desastre es preferible a la lucidez, a la comproba- cin de la prdida, cualquier riesgo es ms aceptable que la percepcin y conciencia de la extincin del que fuera nues- tro medio?

    A partir de ahora nos corresponden los medicamentos

    suaves, las farmacopeas vetustas, las cruentas cirugas, las transfusiones sin ton ni son (que benefician sobre todo a ciertos personajes). A nosotros nos corresponden los discur- sos tranquilizantes y pontificadores, el catlogo de las re- dundancias, el encanto reconfortante de las eternas canti- lenas que disimulan el silencio severo, inflexible de la inca- pacidad; uno las escucha atnito, agradecido de verse sus- trado a los espantos de la vacuidad, reconfortado al mecer- se al ritmo de las necedades familiares.

    Pero detrs de las supercheras, bajo los subterfugios ofi-

    cializados, las pretendidas "operaciones" cuya ineficacia se conoce de antemano, el espectculo morosamente asimilado, aparece el sufrimiento humano, real y grabado en el tiempo, en ese que trama la verdadera Historia siempre oculta. Sufri- miento irreversible de las masas sacrificadas, lo que viene a significar conciencias torturadas y negadas una por una.

    En todas partes se habla constantemente del "desem-

    pleo". Sin embargo, se despoja al trmino de su sentido ver- dadero porque oculta un fenmeno distinto de aquel, total- mente obsoleto, que pretende indicar. No obstante, nos ha- cen al respecto laboriosas promesas, generalmente falaces, que nos permiten vislumbrar cantidades nfimas de puestos

    de trabajo gilmente emitidos (saldados) en el mercado; porcentajes despreciables en comparacin con los millones de individuos excluidos del trabajo asalariado y que, tal co- mo van las cosas, seguirn en esa condicin durante dcadas. Y en qu estado se encontrarn la sociedad, ellos y el "mercado del empleo"?

    Es verdad que no faltan las alegres imposturas, como

    por ejemplo aquella que elimin de las estadsticas entre 250. 000 y 300. 000 desocupados de un solo golpe... al bo- rrar a los que trabajan por lo menos 78 horas mensuales, es decir, menos de dos semanas y sin estabilidad.1 Haba que pensar en eso! Recordar tambin que es slo un clculo, que no tiene la menor importancia modificar la suerte de los cuerpos y las almas disimulados bajo las cifras de las es- tadsticas. Lo que cuenta son las cifras aunque no corres- pondan a un nmero real, a algo orgnico, al menor resul- tado, aunque no sean sino la manifestacin de una fullera. Travesuras alegres! Como la de un gobierno francs que se pavoneaba feliz, cantando victoria. Haba disminuido el desempleo? Por cierto que no. Al contrario, haba aumen- tado... pero menos que el ao anterior!

    Pero mientras se distrae as a la gente, millones de perso-

    nas, digo bien, personas, puestas entre parntesis, tienen de- recho por un tiempo indeterminado, acaso sin otro lmite que la muerte, a la miseria o su amenaza prxima, con fre- cuencia a la prdida del techo, de la consideracin social e incluso de la autoestima. Slo pueden aspirar a la angustia de la inestabilidad o el naufragio de la propia identidad. Al ms vergonzoso de los sentimientos: la vergenza. Porque cada uno an se cree (se le alienta a creerse) el amo frustra-

    1 1 de agosto de 1995.

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    do de su destino, cuando en realidad es una cifra introduci- da por el azar en una estadstica.

    Hay multitudes de seres que bregan, solos o en familia, para evitar o no caer en exceso y antes de tiempo, en el es- tancamiento. Otros, en la periferia, temen y corren el riesgo de caer en ese estado.

    Lo ms nefasto no es el desempleo en s sino el

    sufrimiento que engendra y que deriva en buena medida de su insuficiencia con respecto a aquello que lo define; con respecto a aquello que proyecta el trmino "desempleo", que si bien ha perdido vigencia,